Al principio de los tiempos, cuando comenzó a girar la tierra y las estrellas iluminaban el universo con destellos de purpurina, los habitantes de todos los planetas, con sus manos, construían la casa en la vivirían el resto de sus días.

Blanca, recién cumplidos los sesenta, atraída por esa vieja costumbre que nunca pudo cumplir decidió reformar la antigua cabaña que había heredado en el corazón de la Sierra Calderona y, hasta su alta cima, hizo llegar herramientas y variados materiales.

Diez años transcurrieron hasta que la mujer, en una colorida primavera, dio por acabado el trabajo.

¿Alguna vez os habéis preguntado qué hace un ratón en una casa de diseño?. Un hogar de acero, triple cristal, hormigón, cemento y sin nada que llevarse a la boca. Si acaso fuera una construcción rústica con maderas nobles de sándalo, palo morado o ébano, pero una fría casa de metal...

Una tarde, sentada en su sillón de lunares y concentrada en un crucigrama sintió algo extraño ante ella. Un musculoso ratón blanco con ojos saltones y larga cola atravesó el salón. Pasó veloz rozándole los pies. La mujer emitió un estridente grito. Todos los vasos de la alacena estallaron y cayeron en mil pedazos al suelo. El ratón se detuvo y pausado le dijo:

- ¿Por qué los humanos actuáis con tanta histeria ante un ser tan diminuto, inofensivo y simpático como yo?. Respetáis a los poderosos más enajenados, aplaudís las mayores estupideces, os reís como hienas ante colosales bobadas, rendís pleitesía a quienes os mienten y ante un inofensivo ratón que no se mete con nadie y no habla por no molestar, proferís gritos, gestos de histeria y si tenéis a mano una escoba no dudáis en matarnos.

Blanca jamás se había visto en un dialogo tan incómodo así que le invitó a sentarse a sus pies, le ofreció un paquete de galletas de maíz y, por primera vez, miró a un ratón a los ojos.

- ¿Qué haces en mi casa?

- Me han tirado a la calle. Me han expulsado de un laboratorio donde estaban experimentando conmigo los efectos de la rutina. Vivía en una jaula y todos los días a las misma hora hacía lo mismo: gimnasia en la rueda, ración de queso. Paseo por el laberinto, ración de queso. Exploraban mi cabeza conformada por una sola oreja y al despertar ración de queso. Me cambiaban de jaula para conversar con otros ratones; todos los días hablábamos de lo mismo, me volvían a encerrar y uffff, que hartazgo de queso.

Se detuvo reflexivo, como queriéndose entender a sí mismo, comprender lo que estaba diciendo. Hacía mucho tiempo que no cruzaba una sola palabra con humanos. Movió suavemente su cola e inclinó el cuello hacía el lado izquierdo y continuó hablando para asegurar su estatus de invitado.

- Con mi única oreja me basta. Puedo escuchar el canto de los pájaros y las pisadas de los gatos cuando vienen a acecharme. Con mis ágiles patas, cada atardecer te ofreceré un concierto de percusión y con mi cola limpiaré, dejaré relucientes tus enormes cristales. No quiero volver al laboratorio.

Continuó sin pausa y con tono suplicante.

- ¿Puedo vivir contigo?

Blanca exhaló lentamente y, aunque dudó un instante, sintió que no podía negarse a la petición del amable roedor.

- Está bien, puedes quedarte, pero por poco tiempo.

No muy convencida con su apresurada decisión miró el reloj que colgaba en la pared e incrementó la
velocidad del habla.

- Ufffff, losientoperodebocontinuarconmistareasdiarias.

Se dio cuenta de que el pequeño animal no le había entendido y ahuecó exageradamente los labios para que no hubiera duda de sus palabras.

- Yo tam bién vi vo en la ru ti na. Como cada día, tras finalizar mis veintidós páginas de pasatiempos, miro al cielo, observo la forma de las nubes, en qué dirección se mueve el viento y así saber cómo será el nuevo día. Tras anotarlo en el cuaderno de estratocúmulos recojo los huevos del gallinero y salgo a dar un largo paseo. Si quieres, puedes acompañarme.

El ratón frotó sus manos en señal de aceptación. Acarició con esmero su única oreja y ordenó su escueto pelo.

La mujer abrió una barra de rouge que desde hacía años, como una eterna costumbre, llevaba en el bolsillo y, como siempre, en círculos de izquierda a derecha, pintó de rojo intenso sus labios.

Empujó la puerta de una pequeña estancia, se puso los zapatos azules y el sombrero, también heredado, y trenzado con pálidas flores que se fueron secando con el paso del tiempo.

Blanca no pudo ocultar la inquietud de salir a pasear con un minúsculo ratón.

- ¿Te vienes?

- Siiiiiii. Agitó su cabeza el roedor mientras se aproximaba eufórico a la puerta. Con una curiosidad
excitante, recién estrenada, preguntó:

- ¿A dónde vamos?

- ¿A dónde vamos ?. Insistió.

Ella, trazando el último círculo del color de las fresas frescas sobre sus labios, le explicó que todos los días, a la misma hora, bajaba caminando hasta el pueblo.

Descendieron por el lugar de siempre, por el desgastado camino, entre arbustos, recios troncos de cedros, líquenes, hiedras, musgos y piedras horadadas por el viento.

Y como cada día, Blanca, entró en la tienda de ultramarinos. Saludó con las mismas palabras a Pedro, el tendero, y él le respondió con el mismo gesto.

Al igual que el día anterior y todos los demás ella buscó en su bolsillo la breve lista de la compra en la que siempre llevaba escrito: palos de anís, confitura de cereza, galletas de cebada y naranjas confitadas. Pero con las prisas en el descenso perdió la nota sin saberlo.

Cuando reparó en ello, su corazón se aceleró, sentía la sangre recorrer su cuerpo y calor, mucho calor en su cara y cuello. Jamás había olvidado esa breve lista en la que el tendero asentía con idéntico movimiento de cabeza al escuchar 'palos de anís, confitura de cereza, galletas de cebada y naranjas confitadas', mientras lo iba guardando, por el mismo orden, en una frágil bolsa de papel y en la que ella asentía, de manera mecánica, ante cada movimiento.

La mujer continuaba inmóvil, absorta, no recordaba ni una sola palabra. ¿Volvería a su casa con las manos vacías? ¿Al día siguiente qué comería? ¿Y qué sería de su existencia si perdía la libreta en la que apuntaba cosas como recoger los huevos, lavarme los dientes, hacer pasatiempos, barrer la casa, comer y dormir. Le atormentaba la idea con solo pensarlo. ¿Qué sería de su vida?

El ratón, en profundo estado de concentración, había pegado sus ojos como dos ventosas al cristal del mostrador repleto de suculentos postres y alimentos. Ante el largo silencio miró a la mujer que temblaba ruborizada por lo que, para ella, suponía un fatal suceso.

El roedor se incorporó y, de pie, con el cuello estirado y aire carismático exclamó:

- Yo también, todos los días, antes de hacer gimnasia en la rueda escribía mi lista de la compra: maíz, papel, tela y cartón. Un día la perdí y me castigaron a vivir fuera de la rutina, creí que sería el final y resultó ser el comienzo. Empecé a cambiar el orden de las cosas y los cuidadores de la jaula sintieron un gran desconcierto. Ellos, como tú, también tenían una libreta en la que escribían, por orden alfabético y numerado, lo que debía acontecer en cada hora, minuto y segundo.

La mujer, que jamás hacía algo sin que antes fuera escrito en su cuaderno de cosas y casos diarios, escuchó de soslayo el argumento y arremetió contra el pequeño animal con voz de reproche.

- Es horrible. Nunca me había pasado nada igual. ¿Hoy, y mañana y al otro qué comeremos?, ¿qué debo comprar?

Pedro impaciente golpeó con la palma de su mano dos veces sobre el cristal del viejo mostrador.

- Es tarde. Son las ocho, cuando suene la campana de la torre tengo que cerrar la puerta, dar de comer a los gatos y peinarme con ralla al medio. Daos prisa, debo irme, ¿qué queréis?

La mujer y el roedor se miraron de nuevo y en el centro de sus pupilas brotaron resplandores y destellos.

Comenzaron a curvarse sus labios, estallaron en una gran carcajada y, al unísono, pidieron al tendero !!!Una ración de queso!!!.

Y por sotavento y barlovento
aquí acaba la historia de Blanca y el ratón
que no es del todo un cuento.