Desde que me excitó la idea de escribir, sobre todo para la escena, conté con la posibilidad de que un texto, una vez impreso o repartido como los naipes de mano en mano, pudiera volver a recuperar su plasticidad, ponerse al servicio de cualquier juego que no fuera la mera lectura pasiva, dirigida y con una única puerta de salida.

Al escribir este corto relato, CON LAS MANOS EN LAS NUBES, aunque las reglas del juego establecen crear una narración que fotografíe la realidad de los trasplantes de órganos, y me veo abocada a esbozar una secuencia vivida, hiperrealista, pese a las características del ejercicio, no puedo dejar de lado la sintaxis simbólica, la construcción abierta, con oxigeno suficiente para que cada cual recorra el escenario dibujado a su antojo, según sus circunstancias.
Durante la década de los ochenta, todos los veranos, trabajé en Italia con producciones teatrales: Commedia del Arte, La Nave dei Folli, Living Theatre...

Entre La Peste de Artaud y las obras de corte grotowskiano, que llevabamos a escena, descubrí un gran contador de historias que atrapó mi atención y seguro que influyó en mi posterior forma de mirar la narración: Gianni Rodari. Único en su forma de divulgar, en sus utopías pragmáticas, dibujó el paisaje psíquico y las funciones que en él estimula la fantasía, y logró convertir Reggio Emilia en centro de peregrinación mundial de la renovación pedagógica.

Quiero conectar con el espíritu creativo de Rodari y en lugar de buscar una médium o un oráculo, te necesito, te propongo un juego.

Vuelco en este papel un suceso, tal cual ocurrió, y dejo abierto el final para que tu lo escribas, para que en el binomio de lógica-fantasía aportes una nueva puerta de salida. Envía tu texto a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Coral Pastor
Junio 2021

 

........................A Antonio, Marisa, Jorge y Micheline que fueron protagonistas de este relato pero no podrán leerlo; que ya en entre nosotros.

A la persona anónima que, sin saberlo, con su corazón, volvió a iluminar la vida de Manuel.

La espera de un corazón para quién, en adelante llamaremos Manuel, nos abocó a una mirada constante al reloj, al calendario, a la pantalla del teléfono que, en silencio, era observada por si se iluminaba durante la proyección de aquella película. Las palomitas y el disfrute del film no borraban el estado de espera permanente que dirigía nuestra mirada al dispositivo. Cuando se iluminara un número de largos dígitos sufriríamos una emoción desconocida.

Para lo que estaba por venir creamos nuestro propio convenio; decidimos aplicar la calma y pintar de optimismo cada segundo. Desterrar el miedo ante una experiencia tan desconocida como desconcertante fue el primer pacto para aquel cuaderno de bitácora.

Y una noche, viajando por profundos sueños, sonó el teléfono. Irrumpió aquél código cero. Eran las dos y media de la madrugada. Un día y una hora que se iluminan, cada año, en nuestro calendario.

Hubo que vestirse y salir corriendo. Es difícil conjugar las palabras para describir las sensaciones que nos golpeaban en el trayecto que se extendió en más de dos horas por la monótona autovía.

Los largos silencios, y alguna frase de corte sarcástico, con el único objeto de disipar el grado de tensión, fueron sucediéndose en el enigmático itinerario cuya meta era el hospital.

Avanzaba la noche cerrada cuando llegamos. Entramos desconcertados; él por la desconocida aventura a la que se iba a enfrentar, trasplante de corazón, yo, nublada ante tantas preguntas.

Era Semana Santa, así que lo más tranquilizador sería pensar que el personal médico estuviera disfrutando de sus vacaciones, gozando de ese día, en algún destino rural por cuyos callejones estrechos discurriría lenta una multitud tras imágenes envueltas en melismas y saetas. El miedo hacía desear que una voz en la puerta de acceso nos dijera: "lo siento, es fiesta, hoy no se trabaja, vuelvan ustedes a su casa, ya les llamaremos...

Pero lejos de ese deseo se abrió un ascensor del que salieron un grupo de hombres y mujeres ataviados en batas blancas. Uno de ellos pronunció los apellidos de Manuel y tras unos segundos de silencio entendimos que no había vuelta atrás; la función había comenzado.

Caminábamos, el personal sanitario y nosotros, hacía la habitación, y en el breve trayecto comenzó a desdibujarse el miedo. La puntualidad en el encuentro, las conversaciones fluidas, incluso animadas y la logística en su lugar esperando a Manuel, nos impregnó de tranquilidad.

El cuerpo del futuro trasplantado fue tintado y tras el protocolo previsto abandonó la habitación, camino del quirófano.
Con su ropa en una bolsa de plástico negro caminé hasta alcanzar una silla, una solitaria silla en un espacio de agudo silencio. Fui prevenida de la larga espera así qué dejé volar los recuerdos más cercanos.

Se imbricaban en mi memoria imágenes de ingresos de Manuel en el hospital, previos al trasplante, largos días, semanas que se hacían cortas gracias a las conversaciones y trato del personal en planta y de un grupo de desconocidos, tres hombres que, al igual que Manuel, esperaban su día y hora para recibir el tan esperado órgano. Se tejió una relación personal tan profunda que en pocos días pasaron a ocupar un lugar prioritario en el día a día. Sus largas conversaciones acompañadas por sus goteros rodantes, kilómetros de pasillo tejiendo hipótesis y esperanzas, les unieron en una relación de primer grado. La calle, familiares y amigos quedaban lejos. Ahora, la única realidad era este clan al que nos unía la misma preocupación, los mismos deseos.

También para mí nació esa familia inesperada. Juan, como Manuel, a la espera de un corazón se apresuró a presentarme a su mujer. Las dos, sin saberlo, pensábamos al unísono. Han pasado dieciocho años y guardo intacto el recuerdo de cada situación, la luz tenue al atardecer en las habitaciones, las conversaciones distendidas con el personal de planta, las noticias en la televisión que nos hacían escapar, por un momento, de aquella extraña realidad, anecdotarios y risas; todavía puedo escuchar frases y recordar los nombres de quienes fueron imprescindibles: Carmen, Luís, Carlos...

Abstraída por tantos recuerdos un golpe me devolvió a la realidad. Encajada en aquella silla en la que habían transcurrido, al menos cuatro horas, miré al extenso pasillo con la esperanza de que, como en un lento travelling, se fuera aproximando hacia mi Manuel con su nuevo corazón. Clavé la mirada en aquel corredor y nada ni nadie se adentraba en el plano.

Continuaba rodeada de quietud y silencio. Escuché unos pasos que se detuvieron junto a mí. Un hombre mirándome fijamente y más silencio. Era Antonio, hermano de Manuel. Nos abrazamos y sollozamos como niños; desbordados por el miedo de no saber qué estaba pasando al otro lado.

Tras una improvisada conversación, como los peripatéticos, con paseo incluido, volvimos al punto de partida, a la solitaria silla y esta vez se cumplió la pequeña profecía: por el pasillo caminaban hacia nosotros dos médicos. Nos abalanzamos hacia ellos para acelerar las esperadas noticias. De la conversación y algunas explicaciones me bastaron cuatro palabras: todo ha ido bien. No necesitaba más.

Antonio se fue y yo, acompañada de aquella bolsa negra que contenía la ropa y el calzado de Manuel me dirigí al hotel cercano al hospital, donde lejos de dormir, me di una rápida ducha. Salí a la terraza y como situada en lo más alto de un minarete grité un palabra que multiplicó su dimensión: gracias.

A la vuelta al hospital me encontré con Marisa. Fue un regalo inesperado. No estaba previsto que esta amiga me sorprendiera pues, tras salir del hospital zaragozano donde ella trabajaba, lejos de irse a descansar y sin previo aviso, tomó un tren y apareció en el momento fundamental. Nos abrazamos. Teníamos que hacer tiempo, esperar. Fuimos a desayunar, caminamos por un estrecho parque. Marisa se detuvo ante el escaparate de una librería. Esperé afuera pues, en realidad, la calidad de esas horas resultaba tan confusa que era incapaz ni siquiera de leer los títulos de los libros allí expuestos. Mi amiga salió con un voluminoso ejemplar: Los Pilares de la tierra. Lo guardé en el bolso; utilizo bolsos con cubicaje para bestsellers o libros de peso así como cualquier objeto de interés que se pueda cruzar en mi camino; es como deslizar la mano por un pozo sin fondo. Le agradecí a mi amiga el gesto y nos apresuramos a volver al hospital en busca de noticias.

Nos condujeron a un espacio donde me aseguraban que, tras despertar Manuel, podría mirar y verle a través de un pequeño cristal. Jamás había deseado tanto otear la realidad mediante un simple vidrio. Todo listo. Me avisaron. Me situé en el punto indicado, miré por el escueto cristal y adiviné con dificultad el rostro de Manuel, completamente hinchado, tan desproporcionado que, por primera vez en mi vida, caí al suelo desplomada, me desmallé.
Marisa me reanimó y cumplimos, de manera ordenada, un binomio que parecía ser el único: comer y charlar.
Cuando días después subieron a Manuel a planta, al principio, por su bajo estado inmunitario, tenía restringidas las visitas de amigos y familiares aunque, desde la pequeña antesala a la habitación y a través del cristal, se le podía ver e incluso hablar.

El Cronos en los espacios hospitalarios se obstina en ralentizar el tiempo así que una de esas tardes mientras las manecillas del reloj avanzaban con exagerada lentitud, sentada en el sillón frente al citado vidrio en el que algún familiar ya había aplastado su nariz y proyectado deseos con el vaho de sus palabras, imaginé algo que me impulsó. Salí apresurada por el pasillo en dirección al ascensor. Alcancé en tiempo record la calle y me dirigí a unos grandes almacenes que, a dos manzanas del hospital, se habían convertido en esos días en mi destino habitual. Recorrer sus pasillos de tejidos, menaje, calzado o perfumería con monótonos paseos hacia ninguna parte se trasformaron en el sustituto de conciertos, charlas, museos o teatros.

Esa tarde, en mi visita a los grandes almacenes, al fin encontré un objetivo. Compré un espray de espuma de afeitar y, mientras pensaba en el resultado del experimento, descendí una planta y adquirí dos gorros de telas de colores que irritaban la pupila; amarillo y rojo de pigmento carmesí.

A punto estaban de llegar a visitar a Manuel dos grandes amigos: Jorge y Micheline. Iban a hacer cuatro horas de trayecto para verle, a través de aquél cristal, a penas unos minutos, así que sería conveniente promover algo inesperado.

Fijamos nuestro encuentro en la puerta del hospital y con estricta puntualidad nos abrazamos. Aproveché el recorrido hasta la habitación, incluido el tiempo de espera del ascensor para instruirles. Compuse un gesto de extremada seriedad, descendí a graves el tono de mi voz, confiando que lo que les iba a decir adquiriese una incuestionable credibilidad, y espeté: "Por cuestiones higiénicas y de seguridad, antes de situaros frente al cristal debéis poneros estos gorros". Eran de diseño y colores tan espantosos que solo verlos provocaban incontenibles carcajadas. Con el aerosol todavía envuelto en papel de regalo extraje dos grandes bolas de espuma que estampé en cada uno de sus rostros. "Esparcirlo bien sobre vuestra piel. Este producto protege de todo tipo de bacterias y en el nuevo protocolo lo han implantado para las visitas". Les compensé con otra gran bola de espuma que, sumada con la anterior, apenas dejaba adivinar sus ojos. Con tal empaste en la cara avanzamos por el pasillo hacia la habitación. Varios pacientes que caminaban con sus pijamas como claro sello de identidad, y el personal de planta no pudieron contener la risa. Jorge y Micheline, ajenos a la situación que iban provocando a su paso caminaban orgullosos de portar tan novedoso producto. Por fortuna, durante el trayecto, no se cruzaron con ningún espejo.

Alcanzamos la habitación, se situaron ante el cristal y se escuchó una incontenible carcajada. Jamás había visto a Manuel reír con tanto voltaje. Los minutos de risoterapia cumplieron su función.

De regreso a su casa mis amigos me llamaron para que les instruyera en como quitar aquel producto "bactericida". La espuma de afeitar se había secado y su piel estaba completamente acartonada; no podían mover ni el más pequeño musculo de su rostro.

Cayó la tarde y en nuestros labios se quedó dibujada una sonrisa fruto del improvisado happening. Manuel, esa noche, y todas la demás, durmió con placidez.

Por la mañana entró en la habitación un hombre con traje de chaqueta y corbata naranja. Sin previa presentación lanzó multitud de preguntas, muchas para las que Manuel, con su mirada clavada en el lateral izquierdo del techo, buscando el recuerdo, no encontraba respuestas.

Yo asistía a la función en silencio. Por el carácter de las preguntas no lograba discernir si iba o no en serio. No pude concluir si era un actor o animador que hacía su perfomance para impulsar el estado emocional de los pacientes o a qué respondía aquella batería de preguntas, muchas de ellas, jamás escuchadas.

Tanta intriga me hizo interrumpir sin premeditación y preguntar: Disculpe, ¿quién es usted?.A lo que el desconocido respondió con una velocidad entrenada: soy Paco, sicólogo, estamos escribiendo un libro sobre trasplantados y experiencias de estados de conciencia en el proceso de la intervención.

¿Eran lances de naturaleza esotérica? A las, cuanto menos, curiosas preguntas que formuló el terapeuta a Manuel relacionadas con recuerdos en su estancia en el quirófano, se abrió una animada charla que venía a mostrar las diferentes realidades que se suceden en un hospital. Cuando el sicólogo abandonó la habitación nos quedamos los dos en silencio, quizá pensando algo similar. La apertura de la puerta con la llegada de la comida para Manuel rompió aquel instante de encantamiento. Cada día tratábamos de acertar el menú pues era necesario jugar con cualquier hecho para hacer avanzar con más premura las manecillas del reloj. También el personal sanitario: enfermeras, celadores, personal de limpieza... participaban de nuestros juegos, del diseño de una realidad en la que el humor y la creatividad representaban la materia de la auténtica piedra filosofal.

Le he pedido a Manuel que narre el final de esta historia pero prefiere dejar que se vaya escribiendo sola. Él, como cada mañana, detiene el tiempo y afina sus sentidos para percibir el ritmo de su corazón, para disfrutar escuchando toc, toc, toc, la sincronizada percusión mientras roza las nubes con sus manos.

Coral Pastor
Junio 2021

Otros finales

Ahora me toca a mi salir de mi escondite, materializarme, alzar la voz. Me dieron una segunda oportunidad, y no podría haber sido mejor elegida. Me cuidan, me quieren, me miman.... soy feliz. Soy su corazón.

Antonia Escribano Borruel

 

Casi dos décadas después Manuel puede seguir disfrutando de su segunda vida. Una nueva vida llena de agradecimiento hacia quienes demuestran amor infinito, sin contraprestación alguna, salvo el deseo de permanecer por más tiempo, repartiendo ese amor del que él, durante estos casi veinte, años lleva disfrutando.”

Armando Uriel


Manuel hizo su maleta, recogió todos sus objetos y abandonó el hospital. Comenzó a lloviznar. Mientras caminaba abrió su paraguas y miraba perpelejo; jamás había visto las gotas de agua con forma de corazón.

Luz Valero

 

Esta historia no tiene un final, porque lo que en ella relato ha sido una continuación, como en las series televisivas que tanto nos gustan y que, cuando creemos que están finalizando, las productoras y guionistas nos regalan una nueva temporada, y la recibimos con toda atención e interés; pues la continuación de la nueva temporada en la vida de Manuel, gracias al regalo de un donante anónimo, nos dio la fuerza y esperanza que da la oportunidad de seguir con una nueva vida.

Y con el tiempo, cambiamos las costumbres, compañeros, personal y amigos del hospital por los quehaceres cotidianos que nos dan la posibilidad de retomar la preciosa rutina que nos ofrece el poder seguir viviendo.

Manuel, más que nadie, disfruta de volver a vivir cada nuevo amanecer sin incertidumbres y con la enorme satisfacción que da el reencuentro con un familiar, un amigo e incluso con nuevas personas que el tiempo, con su ahora tan rápido transcurrir, nos da la oportunidad de conocer y apreciar.

Vicente Molina

con las manos en las nubes